El concepto de productividad suele entenderse como una relación directa entre recursos y rentabilidad o beneficio, pero no queda solo en eso. Adecuar los controles de cada una de las gestiones, especialmente los del tiempo invertido en ellas, permite, entre otras ventajas:
Planificar mejor el trabajo
Asignar prioridades a cada etapa de la gestión o proyecto
Evitar superposición de tareas
Terminar la gestión en tiempo y forma de acuerdo con lo pactado con los clientes.
Detectar trabajos improductivos o que pueden planificarse de otra manera en beneficio del resultado y los objetivos
Reasignar tareas delegando algunas a quienes disponen de más tiempo o pueden realizarlas más eficientemente
Facilitar la integración en los trabajos en equipo y mejorar el resultado, individual y colectivo
Determinar exactamente y demostrar a los clientes cuántas horas se aplicaron y se facturan y bajo qué conceptos
Tener un control preciso de las horas a abonar al personal contratado para trabajos puntuales.
Disponer de tiempo para planificar mejor las decisiones estratégicas
Siendo el tiempo oro, como reza el refrán, y un recurso no renovable, controlar las horas invertidas debería ser una de las prioridades de cualquier empresa o profesional. Consumirlo racionalmente es el mejor camino en función del objetivo que se quiera alcanzar.
Así como agotar el tiempo proyectado y no finalizar una tarea produce estrés y malestar, optimizarlo y hacer más en menos tiempo no solo eleva la autoestima, también mejora el rendimiento económico y financiero de todo el negocio.
Oro, pero del que brilla
El tiempo es uno más entre los costos de una empresa, y como tal, influye de manera directa en sus resultados. Afectar la rentabilidad por una mala gestión no solo provoca pérdidas económicas, también impacta en la moral de los miembros de la organización y su voluntad para integrarse a los proyectos. Nadie trabaja para que le vaya mal o para perder dinero. Ni la empresa ni sus colaboradores.
Como en el control de los gastos, donde solemos descubrir que los de menores montos, o “gastos hormiga” alcanzan al final del ejercicio una suma considerable, lo mismo suele ocurrir con el control de las horas trabajadas.
Solemos creer que ese control hay que realizarlo solo sobre los grandes procesos, en aquellas etapas del proyecto que requieren muchas horas de aplicación, pero esto es un error. Como en el gasto hormiga, los minutos y horas perdidas representan costos no justificables para su facturación y una pérdida de recursos para la empresa.
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